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By on November 1, 2013
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Literatura y Ciencia

Por: Rodrigo Ponce Díaz

Literatura y ciencia parecen actividades tan disímbolas como el agua y el aceite cuando intentamos mezclarlos. Los escritores crean mundos y espacios sin seguir reglas o leyes fundamentales para regir estos nuevos universos; mientras tanto, los científicos centran su trabajo en el descubrimiento de la maquinaria detrás de la naturaleza; las leyes inmutables e invariantes. Sin embargo, para beneficio de todos, la ciencia y la literatura tienen una zona de intersección y mantienen una sinergia muy productiva para ambas.

La zona de intersección es muy variada: tenemos la ciencia ficción, donde los escritores dan rienda suelta a su imaginación y divisan aplicaciones o destinos de la ciencia y la tecnología. Julio Verne vislumbró el viaje a la luna, el potencial de los medios de transporte para poder viajar alrededor de la tierra en un tiempo record (80 días), así como los enigmas en las profundidades de la tierra, entre otros conceptos científicos de la época.

Isaac Asimov idealizó con descubrir el sueño de los robots, creo las leyes básicas de la robótica y nos reveló el cerebro positrónico de estas máquinas pensantes. Actualmente, la robótica no ha llegado al nivel conceptualizado por Asimov. Más recientemente Dan Brown, en su libro Ángeles y demonios (2000) jugó con la antimateria, robándola del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) y llevándola en un maletín.

Muchos de los autores de ciencia ficción tendrán o no alguna formación como científico; podremos criticar sus desatinos al tratar algún tema científico, incluso romper leyes físicas comprobadas. Finalmente, la valía de la ciencia ficción radica en la exposición de temas relacionados con la ciencia, los cuales pueden inspirar a jóvenes científicos para lograr algún avance o descubrimiento importante en un futuro.

También tenemos a los novelistas o biógrafos, quienes utilizan a figuras históricas relacionadas con la ciencia para crear novelas apasionantes. Jorge Volpi nos transportó a Alemania durante el final de la segunda guerra mundial en su libro En busca de Klingsor (1999) en donde nos presentó a los grandes científicos responsables de la investigación nuclear: Albert Einstein, Werner Heisenberg, Plank, Schrödinger, Gödel, Bohr, entre otros.

Otro caso es la novela La piel del cielo (2001) escrita por Elena Poniatowska, en donde nos narra la historia de la astronomía moderna en México. Poniatowska estuvo casada con Guillermo Haro, uno de los más importantes astrónomos en México, quien construyó el observatorio nacional en Tonanzintla, Puebla. La novela hace un recuento de esa biografía científica, aderezada con un poco de magia y romanticismo.

No solo los novelistas se han adentrado al terreno científico (de forma exitosa o desastrosa), también hay casos de científicos en el ámbito literario. George Gamow, físico teórico y cosmólogo, escribió el libro El breviario del señor Tompkins (1993) donde nos narra la vida en un universo en el que los extraños efectos de la relatividad ocurren en la vida diaria. Un mundo en donde un viaje en bicicleta podrá retrasar los relojes, comprimir la longitud de la bicicleta, o ganar masa. Este libro se encuentra en una línea indefinida entre la ciencia ficción, la divulgación científica y la novela.

El mejor caso de un científico en la literatura es el del escritor argentino Ernesto Sábato, físico teórico de profesión con doctorado por la Universidad Nacional de la Plata en Argentina. Sábato dejó la investigación al conocer el movimiento surrealista, para dedicarse a la literatura de tiempo completo. El túnel (1948) es una de sus novelas más famosas, en donde la descripción psicológica de los personajes le ha valido la admiración de los literatos.

Más recientemente el italiano Paolo Giordano, doctor en física teórica, debutó como novelista con La soledad de los número primos (2008) en donde el personaje principal es un matemático envuelto en un mundo de estudio e investigación, con un amor latente, como las parejas de números primos; próximos pero solitarios por siempre.

La literatura ha ganado escritores de gran calidad, la ciencia ha tenido en la literatura una ventana a la divulgación de su actividad y su importancia; aún y cuando en ocasiones se desvirtúe o sea un mensaje erróneo. Finalmente esta sinergia que existe y seguirá existiendo, permitirá el enriquecimiento de estas dos actividades propias del ser humano, las cuales han permitido la creación de la sociedad tal y como la conocemos.      La próxima vez no pensaremos en dos actividades separadas. Por lo pronto leamos la ciencia en la literatura y aprendamos de literatura por medio de la ciencia.

 

 

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