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El Prisionero

By on September 4, 2013
articulo del mes

El Prisionero

De Alejandro Casar Berazaluce          

Eran probablemente alrededor de las 6 de la mañana cuando todo comenzó. Me encontraba yo dormido, junto con mi hermana y mis padres, hasta que los movimientos de mi hermana me despertaron. “¿Escuchan eso?” preguntó preocupada mientras nos mecía ligeramente para despertarnos. El primero en despertar fue mi padre, pero casi inmediatamente le seguimos mi madre y yo, solo que ninguno de nosotros respondió la pregunta. “¿Escuchan?”, insistió, hasta que mi padre comenzó a hablar con ella para calmarla. Yo guardé silencio y enfoqué toda mi atención en percibir cualquier sonido. “No se escucha nada” le dije, pero mi hermanita insistió. Repetí mi intento de escuchar, otra vez sin frutos, y estaba ya diciéndole a mi hermana que estaba loca hasta que algo me hizo detenerme a medio hablar.

“…m, …m, ..m”, se escuchaba a la distancia, “p..m, p..m, p..m”, se escuchaba cada vez más claro, “pum, pum, pum”, era algún tipo de golpe “¡PUM!” y se aparecen unos hombres frente a nosotros. Casi no tuvimos tiempo de reaccionar, los hombres estaban bien organizados y fueron tras nosotros desde el instante en que nos captó su vista; estábamos completamente indefensos. Los hombres nos amarraron a todos y nos llevaron con ellos, cuando salimos, vimos que había muchos más además de los que nos habían capturado, y cada grupo traía consigo a una familia como la mía. Ya estaba sucediendo, todos sabíamos que este día llegaría, pero teníamos la esperanza de que tardarían unos meses más en venir por nosotros.

Nos subieron a unos camiones, apretados, no había espacio ni para respirar. Decenas de personas, decenas de familias incluso, unas junto a unas, algunas sobre otras. Mi familia logró mantenerse unida, pero hubo muchas que se separaron entre la muchedumbre y no se pudieron reunir en todo el viaje, era verdaderamente imposible el movimiento voluntario en esa cabina, los únicos movimientos que se lograban dar eran los causados por baches o curvas. El recorrido en camión duró horas, nadie sabía a dónde nos llevaban, pero todos sabíamos lo que estaba pasando.

Cuando el camión finalmente se detuvo, se escucharon de nuevo las pesadas botas de aquellos hombres. “pum, pum, pum”, se escuchaba en todas direcciones, pero un “pum” en específico, que se trasladó desde la cabina hasta la parte trasera del camión, fue el que nos liberó.  En el instante que abrieron la puerta, algunos de los captivos simplemente cayeron del camión rodando, como el aire que escapa de una botella sellada a presión al abrirla. Mientras algunos de nuestros captores recogían a los que se habían caído, otros nos bajaban del camión. Era una visión espantosa, mientras nos retorcíamos para salir de esa prisión, involuntariamente aplastábamos con todo nuestro peso los cuerpos desfigurados, ya carentes de vida, de los desafortunados que habían entrado primeros al camión.

Cuando finalmente nos habían bajado y acomodado a todos, uno de los hombres que nos guiaba se lamentó por el gran porcentaje de prisioneros que habíamos muerto, pero no percibí que lo dijera por lástima o compasión en absoluto. “Que bache tan malo” comentó con uno de los suyos, éste asintió y comenzó a remover a los muertos del vehículo. A los que seguíamos con vida nos trasladaron hasta la entrada de una estructura muy grande con varias puertas. Antes de introducirnos al edificio, nos dividieron por grupos: a los más pequeños y a los más viejos en una fila, y a los demás en otra; fue aquí donde comenzó a separarse mi familia.

Mi padre, mi madre y yo fuimos inmediatamente admitidos a la fila  general, pero mi hermana fue asignada a la otra fila. Cuando intentaron llevársela, mi padre se rehusó a soltarla, al no lograr hacer que mi padre la dejara, los hombres emplearon fuerza bruta y arrancaron a mi hermana de mi padre, fue tan fuerte el jalón que cuando la colocaron en su fila escuché a uno de los hombres comentar sobre una fractura. Mis padres no lograron escuchar eso y decidí guardármelo.

Cuando la actividad se reanudó, nos movilizaron a cada uno de los grupos hacia el interior de cada uno de los edificios, esa fue la última vez que vi a mi hermana, mientras atravesábamos cada quien por nuestro respectivo umbral. Mis padres quedaron devastados. Sin oportunidad para lamentarnos, nuestros captores prosiguieron con nuestro traslado dentro del edificio hasta llegar a algo que aparentaba ser un almacén. Estaba en lo cierto, cuando abrieron las puertas pude ver a cientos o a miles de familias más, a conglomeradas al fondo del lugar. Mientras nos acercábamos a ellos se percibía cada vez más fuerte un olor a residuos orgánicos que parecía indicar que llevaban ahí encerrados ya varios días, destino que eventualmente también tuvimos que vivir.

Permanecimos en ese lugar por unos pocos días, nos mantuvimos en grupo para permanecer cálidos, ya que incluso con la inmensa cantidad de presentes, había una temperatura muy baja en el lugar. Permanecíamos en completa oscuridad la mayoría del tiempo, a excepción de cuando abrían las puertas para permitir la entrada cada vez a más. Un día la rutina fue diferente, las puertas se abrieron pero en vez de introducir más prisioneros, entraron los hombres que nos habían encarcelado y nos sacaron de la habitación. Nos llevarían de nuevo a la parte exterior del lugar. Una vez fuera, pero antes de llegar al punto de reunión, nuestro traslado fue interrumpido por unos hombres que salían del edificio al que había entrado mi hermana. Eran varios y estaban empujando unos grandes contenedores con ruedas en dirección de otro almacén que se veía a la distancia. Poco después de que nos movilizaran de nuevo, se escuchó un golpe muy seco. Volteé para ver que había sucedido y vi a dos hombres correr en dirección del sonido, parecían muy enfadados porque uno de los contenedores que transportaban se había volcado. Enfoqué la mirada para ver que contenían; cuando lo vi, comprendí lo que sucedía con aquellos que habían sido separados al llegar al lugar – quedé aterrorizado y esta vez no pude proteger a mis padres, quienes también presenciaron tal desgracia. Finalmente nos comenzamos a mover otra vez, nos llevaron hasta unos camiones, esta vez unos más grandes que los anteriores. Cuando estábamos todos dentro de ellos, se pusieron en marcha. El viaje fue similar a la travesía de unos días atrás, sólo que esta vez había más espacio y aparentemente era un mejor conductor pues el viaje se sintió más tranquilo.

Después de muchas horas de viaje, cuando las puertas finalmente se abrieron, comenzaron a bajarnos del camión. A los que iban bajando los iban introduciendo en una habitación, en la que presencié la imagen más traumática que haya visto. Cerca de la entrada pude percibir como decapitaban a los que iban entrando, más adentro de la habitación pude ver cómo tomaban los cuerpos ya sin cabeza y los despellejaban, arrojando las pieles hacia un lado, formando una enorme pila de pieles sin cuerpo y del otro lado colocaban cuidadosamente todos los cuerpos sin pieles. Se podía ver más actividad hacia el fondo de la habitación, pero preferí voltear la mirada, no podía soportar más ni imaginar qué otro tipo de atrocidades podrían realizar con nosotros, tal crueldad no tenía sentido. Vaciado cerca de la mitad del camión, se detuvo milagrosamente el flujo, y las puertas se cerraron de nuevo. Afortunadamente, o quizá no tanto, otro destino nos deparaba a los que seguíamos en esa bomba de tiempo rodante.

Comenzó de nuevo el viaje, sólo que esta vez sólo duró pocas horas. Mientras escuchaba el “pum, pum, pum” del conductor no podía hacer más que imaginar qué nos deparaba detrás de esas barreras de metal, y rezar por que no fuera algo como aquel lugar del que veníamos. Mientras el conductor abría los puertas, nosotros esperábamos como el condenado que espera el caer de la guillotina, cuando finalmente se abre, tras unos instantes de una luz cegadora, me tranquilicé al no ver muerte. Tan sólo había gente.

Nos bajaron del camión y nos repartieron entre la gente que esperaba nuestra llegada. Mi padre, mi madre y yo, entre unas cuantas decenas de prisioneros más, fuimos entregados entregaron a un hombre que nos introdujo al lugar en el que residía. Al entrar, el hombre procedió a ubicarnos, esparcidos alrededor del lugar, no comprendía yo porqué. Una vez posicionados todos, el hombre abrió unas puetas y gente comenzó a entrar. Los que entraban circulaban por la habitación, observándonos uno por uno, deteniéndose a tocarnos y sentirnos cuando alguno le llamaba la atención. Yo le llamé la atención a una joven mujer, quien se detuvo para inspeccionarme, palparme, y sentirme más a detalle. Incluso colocó su nariz en mi sien y me olfateó. Tras inspeccionarme a detalle y quedar aparentemente satisfecho conmigo, llamó al hombre que nos había recibido. Discutió un poco con él y después de unos segundos parecieron llegar a un acuerdo. Unas monedas pasaron de las manos de la mujer hacia las del hombre, y tras eso la mujer volvió conmigo y me escoltó a la salida.

La mujer me subió a su coche, me trasladó hacia su vivienda, me bajó del vehículo y me llevó hacia el interior. No comprendía qué estaba sucediendo, pero tenía una idea. Cuando entramos, la mujer fue por un plato y dos cucharas, me sentí lleno de esperanza. Tras sacar los cubiertos prosiguió al congelador y sacó un bote de un galón que contenía nieve. Sirvió nieve en el plato y la colocó junto a mí. Después de hacer eso gritó “Mi amor, ven, te tengo una sorpresa” y prosiguió a sentarse. Una vez sentada me tomó del cuello ligeramente con una mano, después con la otra, giró sus manos en direcciones contrarias y me lo tronó. Continuó con el salvajismo: me decapitó, me quitó la piel y colocó mi cuerpo desnudo en el plato con la nieve. Encajó una de las cucharas en mi pecho y la otra en la nieve que me rodeaba. En eso baja un niño corriendo y la mujer le dice “Ten mijito, el Banana Split que te prometí por sacarte 100 en el examen.”

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